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PERICÓN DE CÁDIZ

PERICÓN DE CÁDIZ

Biography

Pericón de Cádiz, Juan Martínez Vílchez (Cádiz, 1901-1980). Cantaor.

Maestro de la escuela gaditana, Pericón de Cádiz comenzó a cantar muy niño en los pescantes de los coches, según costumbre muy arraigada en Cádiz de que clientes de coches de alquiler solicitaran los servicios de un cantaor para recorrer la ciudad en noches de juerga. También de niño vendió caramelos por las calles, anunciando su mercancía con un bonito pregón. Después ya comenzó a entrar en las fiestas de los establecimientos de la zona, y por fin Marchena se lo llevó en una de sus giras.

Pericón de Cádiz trabajó mucho en espectáculos teatrales y en tablaos. Participó en la versión de ‘Las calles de Cádiz’ que llevó al teatro Concha Piquer. Los trece últimos años de su vida profesional los pasó en el histórico cuadro grande del tablao madrileño Zambra. Un libro de sus memorias escrito por José Luis Ortiz Nuevo y titulado ‘Las mil y una historias de Pericón de Cádiz’ dio amplio testimonio de la vida y andanzas de este personaje y de la época que le tocó vivir.

Como todos los cantaores gaditanos de su generación, Pericón de Cádiz  siguió fundamentalmente la escuela de cante emanada de Enrique el Mellizo. El poeta Luis Rosales dejó de él una semblanza llena de lirismo y belleza: “Viste siempre de negro -todos los cantaores visten igual- como vestía la nobleza española en tiempo de los Austrias. Lleva camisa con chorreras y zapatos de tacón alto. En su atuendo muestra arcaísmo, señorío y un cierto dejo sacerdotal. Se mueve lento y parsimonioso y, al moverse, deja ver sus asomos de camisa en los puños.

No hay compostura como la suya. No hay gravedad como la suya. Tanto es su señorío que únicamente al sentarse advertimos que es grueso. El señorío creo que estiliza un poco la figura. Tiene los ojos claros, impasibles, semientornados, y aunque le llaman -‘Arsa, Pericón’- no mueve la cabeza, no gira el cuerpo; mueve los ojos solamente. Parece un Buda. Canta hierático, quietísimo y garboso, como si no moviera un solo músculo de la cara. Aun en su mismo silencio hay sorna y, desde luego, gracia. Tiene algo ritual pero condescendiente, y mueve las manos de una manera tan precisa, que nos encanta, y casi nos alegra, verle sacar el pañuelo. Quien hace ante nosotros un gesto delicado, parece regalarnos algo. Habría que darle las gracias.

Luego cuando se sienta, se sienta completamente bien igual que el agua llena el vaso. ‘Arsa, Pericón’ y entonces, al levantar la mano para cantar, deja la mano quieta y alta, como si le doliera. Tiene un brillo perlado en la piel, y el sudor, no sabemos por qué razón, no le moja la cara. Canta magistralmente los cantes de Cádiz. De cante en cante, pestañea. Éste es su único movimiento. Al sentir que le aplauden, va quedándose cada vez más cabal, más apretado con el silencio. No se calla, se ajusta. Es como si el silencio lo fuera torneando. Si le llamas, no mueve la cabeza: mira hacia ti girando el cuerpo. No abre los ojos mucho. No mira demasiado. Dentro del mundo en que vivimos no existe compostura como la suya”.

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